Caracoles del desierto

Un agotado horror
contempla la estela de su marcha.

Las ruinas,
en un coro desencajado
de cientos de ojos grises y cuadrados
se lamentan inmóviles, amontonadas,
y sus cientos de bocas vacías,
se inundan de silencio
como la madrugada.
Suena un tiro no muy cerca.
Alguien muere.
Alguien mata.

Su viaje comienza
con el ocaso de la nube de azufre
que dejan tras de sí
sus pasos y esperanzas.

Vidas, ahora sin rastro de pasado.
Vidas sin memoria, sin voz.
Vidas polvorientas y descalzas
deshilachadas en caminos imposibles
aferradas al vacío, al vértigo de la nada
frente a los ojos de sus niños.

Rémoras de la desgracia
avanzan,
ignorando el escozor de sus llagas;
uniformados por el polvo y la mirada rota.

Arrastran sus raíces sobre la tierra seca
de un camino ignoto y cuesta arriba
en un éxodo de lágrimas sin vuelta.

Cuando el único rumbo es el miedo y la distancia,
entre laderas de yodo y taludes de humo;
eternas noches y días sin horas;
sobrevivir salvaje de dolor continuo.

Un compás de una sonata de Mozart
rompe el paisaje en la sonrisa de unos niños.

Llueve en el desierto.

En los páramos escarpados
alrededor de su hambre y de su miedo
los niños siempre juegan, y su juego
lo hace todo más patente y descarnado.

Hombres y mujeres vociferan
a ambos lados de una raya.

Nuestra conciencia vendada
en la mano fría de un soldado de frontera
cierra una valla.

Los niños siguen jugando.
los demás los miran
y callan.

JDL