El tiempo paseaba por el valle.

Paseaba con el paso
de quien se siente parte de su valle,
de su pueblo
de su bar y de su plaza.
Cada rincón sabe quién es, por dónde va,
dónde se para.

En su piel se había fundido ya
el humo de los puros que fumaba
arrugándose en ceniza con cada bocanada
el sudor de los días de verano
los vasos de ron hasta la madrugada.

Hay ventanas que llevan puesta su mirada
mientras miran entreabiertas a la tarde
callando secretos de aquel valle
secretos que sólo él conoce, recuerdos
tan antiguos que ya no son de nadie.

Es todo tiempo que fue y ya no pasa
un puro que arde apenas, lento
y no se apaga;
una canción antigua que bajó el barranco al horizonte
y vuelve con cada marea,
resuena en cada casa, cada calle, cada piedra.
En el valle todo empieza y todo acaba
una cara de luz y otra de sombra
una le sostiene y la otra le señala
un camino le sube, por el otro
se baja.

En su sonrisa duerme para siempre
el cuerpo de aquella mujer ¿hace cuánto fue?
tumbada de costado sin mirarle
su ropa colgada en una silla
aquella plácida y deliciosa postura:
dos almendras de sombra sobre los labios dormidos
y un aire de luna
sobre el negro de su madera oscura.

El giro sosegado del ventilador en un verso infinito.
El murmullo superpuesto de las olas
mezclado con el olor de la calle.
Suena la canción y pasa la tarde.
Los abanicos rotos de las plataneras
mecen el fondo del valle.

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