La punta del muelle.

Suspendido tu brazo en el vacío

empuñando la luz frente a la tarde que nos deja

puerta abierta al mar que me recuerdas

que nunca estuve tan lejos de casa

ni tan cerca.

Que desde ahí se abre la vida entre las horas

sin rutas trazadas de antemano

Que si te pierdes aquí adentro

no hay guía por la senda torticera

Que los faros se hicieron

para verlos desde fuera.


Que hay temporales que no pasan

desconsuelos para los que no hay abrigo

y apenas se ve lo que te espera.

Que pase lo que pase, pasará

naufragado entre el tiempo y la marea.

Que no hay mirada atrás

Que no hay viaje de vuelta.


Tu impronta me acecha entre las calles

con el viaje pendiente que no cesa

Allí donde se abrazan calma y oleaje

se me vierte el alma por la bocana al mar abierto

y ensueño que me arrojo entre las olas y navego

desbocado de sal hacia la nada

Que salgo de tu puerto sin maletas

a morir mientras le pego  

mordiscos de viento a la marea

Con la punta del espigón en la memoria

Y las ganas de sentir entre las cejas.

JDL

Recuerdo un verano

La memoria respira el yodo en las heridas

de lavas negras, moteadas de sal

de las orillas

abiertas a un mar tan en calma

que se diría vacío.

Ahora es el calor de no hacer nada

con la boca entreabierta.

Lo demás desaparece

más allá, entre la calima.

Un reloj de luz que se derrama

sobre la arena, hasta la noche;

sobre el mar, hasta mañana.

Una soledad que contempla el Universo:

Espiráculos de fuego y las estrellas

en el cielo de la noche y el océano.

El viento nunca se detiene para verla.

Rodeada de agua,

la tierra del recuerdo es infinita,

las orillas son sólo del mar

donde la roca y las arenas se cobijan.

JDL

¡Quién lo diría!

“Febrero no tiene veintiocho días”

tiene veintiocho letras.

Una más que el alfabeto

aunque solo se usan catorce para escribirlo,

la mitad de veintiocho.

Pero febrero no es un mes

ni es todos sus días.

Es un capricho de los números,

y de las letras;

un ave migratoria cruzando el mundo;

un impasse entre estaciones.

Un atajo a los recuerdos y los ecos

de otras voces.

La intranquila sensación de soledad

de un museo cerrado

por la noche.

Lo que estuvimos a punto de vivir

pero se quedó en obra de arte

congelado en un febrero.

El resultado de una cábala

absurda e imposible

como todo.

Siempre llevo un febrero en la mochila

por si me hace mucho sol

por si todo va muy deprisa

por si mis ojos no brillan.

Y sin embargo su olor, siempre me coge por sorpresa

y revela con una sonrisa aquellas fotografías

que tomamos sin  saberlo en blanco y sepia.

Y sin embargo, es febrero.

¡Quién lo diría!

Es febrero otra vez y te echo de menos

otra vez,

todos y cada uno

de sus veintinueve días.

JDL

Caracoles del desierto

Un agotado horror
contempla la estela de su marcha.

Las ruinas,
en un coro desencajado
de cientos de ojos grises y cuadrados
se lamentan inmóviles, amontonadas,
y sus cientos de bocas vacías,
se inundan de silencio
como la madrugada.
Suena un tiro no muy cerca.
Alguien muere.
Alguien mata.

Su viaje comienza
con el ocaso de la nube de azufre
que dejan tras de sí
sus pasos y esperanzas.

Vidas, ahora sin rastro de pasado.
Vidas sin memoria, sin voz.
Vidas polvorientas y descalzas
deshilachadas en caminos imposibles
aferradas al vacío, al vértigo de la nada
frente a los ojos de sus niños.

Rémoras de la desgracia
avanzan,
ignorando el escozor de sus llagas;
uniformados por el polvo y la mirada rota.

Arrastran sus raíces sobre la tierra seca
de un camino ignoto y cuesta arriba
en un éxodo de lágrimas sin vuelta.

Cuando el único rumbo es el miedo y la distancia,
entre laderas de yodo y taludes de humo;
eternas noches y días sin horas;
sobrevivir salvaje de dolor continuo.

Un compás de una sonata de Mozart
rompe el paisaje en la sonrisa de unos niños.

Llueve en el desierto.

En los páramos escarpados
alrededor de su hambre y de su miedo
los niños siempre juegan, y su juego
lo hace todo más patente y descarnado.

Hombres y mujeres vociferan
a ambos lados de una raya.

Nuestra conciencia vendada
en la mano fría de un soldado de frontera
cierra una valla.

Los niños siguen jugando.
los demás los miran
y callan.

JDL

Cambio de puesto

Me gustaría llegar a la oficina

y que me dijeran:

la hemos cambiado de puesto.

A partir de ahora es usted poeta.

 

Poetícelo todo: informes, facturas, abonos.

Poetice las llamadas y los contratos.

Las reuniones, los papeles y el café cargado.

 

Me gustaría llegar a la oficina

y que las golondrinas entraran por la ventana.

Y pintar las paredes de rosa fluorescente,

poniendo  jazz de fondo.

Y cantar en voz alta.

Aunque eso no sea demasiado poético…

 

Me gustaría poetizar los problemas.

Y también los agobios.

Con esa ilusión me he levantado.

Lo sé, suena ingenuo.

Ya te contaré esta noche

cuando vuelva del trabajo.

Elegía Sin Olvido

Qué te voy a contar a ti de ríos que desembocan,
barcas, barqueros, óbolos y estigias,
luces que nos ciegan, túneles que no llegan,
niños que ya no lloran o soñadores que no regresan.

Qué te voy a contar a ti de Mozart y su requiem,
de las misas de difuntos, veladoras que se apagan,
el polvo en la butaca, el silencio en el salón,
el vino con su corcho y el correo en el buzón.
Qué te voy a contar a ti que tanto fuiste y ya no eres,
que eres llama que se eleva y lluvia y niebla.

Porque en tu ausencia reina el frío.

Mañana invernal, Sol que no calienta,
Recuerdos de la infancia: un valle y plataneras.
Feligreses en rebaño que siguen a su Pastor,
la mirada levantada ante la palabra prometida
y la sorpresa y la rabia ante la mentira descubierta,
que no hay juez alguno ni juicio ni premio ni condena.
Solo vacío.

Porque en tu ausencia queda un vacío.

Queda un vacío y quedamos nosotros:
los compungidos, los desamparados
que llenamos la memoria con el sonido de tu risa
y rebosamos nuestras copas con tu sangre que es el vino.

Y con las páginas de los álbumes pasarán las estaciones.
Y las lágrimas sobre tu imagen se secarán como la vida.
Y cubriremos el dolor con sábanas y cortinas.
Y apartaremos nuestras penas en una esquina
hasta que el último de nosotros se rodee de cipreses.
Solo entonces terminará nuestra vigilia.

Porque en tu ausencia no hay olvido.

Poema para Ida

Quisiera ser como esa vieja dama,

libro de piel y huesos

y el pelo ensortijado con los versos

que azules van brotando sin descanso.

 

La radiante uruguaya cervantina

imagina palabras mientras duerme.

Y en sueños los poemas aletean

alrededor de la lámpara y la cama.

 

Quisiera ser como esa vieja dama,

al menos un resquicio de sus ganas

y su sabiduría.

 

Un porcentaje nimio de su esencia,

la línea de un soneto, la gota en su garganta,

un mínimo trocito de su alma.

La rueda (¿cuál es la tuya?)

 

Salto de la rueda

Me apeo. Me piro.

No quiero dar vueltas como una cobaya

o una rata tuerta.

 

Me rompí las patas,

los dientes, las alas

y mis dos hoyuelos.

¿Dónde quedó el cielo que tanto buscaba?

 

Me niego a seguir haciendo piruetas.

Esto no es vivir. Es sobrevivir.

Cerrar las compuertas a la luz del sol.

Dejar de sentir.

 

Salto de la rueda.

Ahí va la renuncia de mi puño y letra.

Quiero respirar, ser de nuevo libre.

Volver a pensar…