Versos sencillos

Versos sencillos que algo te muevan,

que algo te arañen

sin ser espuelas.

Versos ligeros que traigan vida:

agua brillante del Garoé.

Que traigan risas, que traigan calma,

nunca calima,

nunca desgana.

Versos que alivien tus madrugadas.

Versos-cruasán con mermelada.

Versos amables, versos sinceros.

No aspiro a más esta mañana

que darte un beso lleno de versos.

O quizá sí: versarte entero cada resquicio con mis palabras.

Por Noemi Martín

Melocotones en almíbar

Enmudece al punto

Cada latido, cada nota,

Cada verso de las melodías

Rotas

Por esta Disonancia atronadora

Parte de un equilibrio más profundo e incomprensible

Burla involuntaria del tiempo que tarde o temprano

Acaso se resuelve.


Amanece al menos una vez

Entre noche y noche

Y todo da vueltas lentamente

Como una pareja de ancianos que bailan Si tu vois ma mère

Vestidos de etiqueta entre las horas

De un salón cubierto de parqué.


Tú te vas y mi alma contigo

Viaja en la sonrisa de tus ojos

Aquellos que me miraban con dulzura

Sin que yo me diera cuenta

Mientras leía un libro

Miraba por la ventana, o comía

melocotones en almíbar.


La punta del muelle.

Suspendido tu brazo en el vacío

empuñando la luz frente a la tarde que nos deja

puerta abierta al mar que me recuerdas

que nunca estuve tan lejos de casa

ni tan cerca.

Que desde ahí se abre la vida entre las horas

sin rutas trazadas de antemano

Que si te pierdes aquí adentro

no hay guía por la senda torticera

Que los faros se hicieron

para verlos desde fuera.


Que hay temporales que no pasan

desconsuelos para los que no hay abrigo

y apenas se ve lo que te espera.

Que pase lo que pase, pasará

naufragado entre el tiempo y la marea.

Que no hay mirada atrás

Que no hay viaje de vuelta.


Tu impronta me acecha entre las calles

con el viaje pendiente que no cesa

Allí donde se abrazan calma y oleaje

se me vierte el alma por la bocana al mar abierto

y ensueño que me arrojo entre las olas y navego

desbocado de sal hacia la nada

Que salgo de tu puerto sin maletas

a morir mientras le pego  

mordiscos de viento a la marea

Con la punta del espigón en la memoria

Y las ganas de sentir entre las cejas.

Algo de mí rima

Algo de mí rima

con el eco de un horizonte

en las nebulosas de hace millones de años

luz, tal vez antes del tiempo.


Algo se acopla

con la resonancia del bajo

con los ritmos imposibles y el metal opaco

por el que exhala parte de su vida un músico de jazz;

con el humo que sale de sus labios

que sonríen sin maldad.

Late con nuestras manos

que vienen y van

árboles arrullados por el sueño

en un eterno retorno de atardeceres;

cubierto

en tu piel de mar por donde se pierden

los ojos hondos del viento.

Por el camino que viene y vuelve

me adelanto y me dejo atrás

me paro

mi voz se escucha en la tuya

y la tuya en todo lo demás.

A ratos el eco se disipa,

los sonidos se desvanecen y las manos

y los besos todos

se funden

con la luz de millones de galaxias

y el vacío del espacio.


En el olvido de mis sueños

sólo escribo, solo; ensoñaciones.

Solo, con todo, observo en los espejos

me propago con los armónicos imperceptibles

sin tiempo por las estaciones.


En un  silencio despierto

aquí sigo, sorprendido

una leve oscilación sin Universo

una música perdida…

una onda más de este concierto.


Y estoy más aquí que nunca.

Soy ya del mar que me bañó

soy los besos que te di, la música que toqué

tu voz, y tú la mía,

la inmensidad de la noche

la luz del nuevo día.


No sé si soy yo ya, pero estoy,

solo que en otras cosas y de forma diferente,

en la melodía que te duerme

en el ritmo con que bailan los astros;

ese calor que sientes

cuando te falta un abrazo;

en la sonrisa de un recuerdo;

ese olor de abrigo viejo

que sale de un armario;

un poema que te habla;

un sueño que pasa;

ese horizonte de mar

que te devuelve para siempre


…una mirada.

Recuerdo un verano

 

La memoria respira el yodo en las heridas

de lavas negras, moteadas de sal

de las orillas

abiertas a un mar tan en calma

que se diría vacío.

 

Ahora es el calor de no hacer nada

con la boca entreabierta.

 

Lo demás desaparece

más allá, entre la calima.

Un reloj de luz que se derrama

sobre la arena, hasta la noche;

sobre el mar, hasta mañana.

 

Una soledad que contempla el Universo:

Espiráculos de fuego y las estrellas

en el cielo de la noche y el océano.

El viento nunca se detiene para verla.

 

Rodeada de agua,

la tierra del recuerdo es infinita,

las orillas son sólo del mar

donde la roca y las arenas se cobijan.

 

¡Quién lo diría!

“Febrero no tiene veintiocho días”

tiene veintiocho letras.

Una más que el alfabeto

aunque solo se usan catorce para escribirlo,

la mitad de veintiocho.

Pero febrero no es un mes

ni es todos sus días.

Es un capricho de los números,

y de las letras;

un ave migratoria cruzando el mundo;

un impasse entre estaciones.

Un atajo a los recuerdos y los ecos

de otras voces.

La intranquila sensación de soledad

de un museo cerrado

por la noche.

Lo que estuvimos a punto de vivir

pero se quedó en obra de arte

congelado en un febrero.

El resultado de una cábala

absurda e imposible

como todo.

Siempre llevo un febrero en la mochila

por si me hace mucho sol

por si todo va muy deprisa

por si mis ojos no brillan.

Y sin embargo su olor, siempre me coge por sorpresa

y revela con una sonrisa aquellas fotografías

que tomamos sin  saberlo en blanco y sepia.

Y sin embargo, es febrero.

¡Quién lo diría!

Es febrero otra vez y te echo de menos

otra vez,

todos y cada uno

de sus veintinueve días.

Año Nuevo

Los parroquianos están disparatados,
dicen, porque empieza un año nuevo.
El zinc de la barra, sigue, sin embargo
igual de pegajoso que en diciembre;
la Lavazza tampoco recuerda a qué sabe
un buen café recién hecho,
y en mi mesa, sentada al frente, la soledad
prosigue impertérrita (y ahí seguirá cuando
yo muera).

El periódico, es cierto, estrena un formato
nuevo, para adaptarse, justifican,
a estos nuevos vientos tan modernos
(pero sigue siendo de papel, como siempre).

Solamente yo me siento diferente.
Las canas comienzan a saludarme en el espejo
alegres por su presencia y yo por verlas a ellas,
como una señal de que empieza algo nuevo,
como una certeza de que nos queda menos tiempo.

Ni día 1, ni año 20

Aprovechando el silencio de año nuevo

me siento a recoger las hojas secas

entresijos de ilusiones y recuerdos,

avances, retrocesos, medias vueltas.

A veces sueño, como todos,

que la vida no cabe en una sola vida

y que el amor

no cabe en un momento.

Todo son conjeturas y paradojas en tropel

La luz de vuestros ojos,

vuestra sonrisa,

no caben en una imagen

ni los encierra un papel.

———–

…Antes del tiempo ya es un tiempo

y fuera del tiempo es un lugar….

….No hay lugar sin tiempo….

¿o era tiempo sin lugar?

Algo sin lugar y tiempo

simplemente no es,

o es siempre y es ubicuo

como cuando nos mirábamos anoche

hace ya más de veinte otoños

y sonreíamos de lado

bajábamos los ojos

y nos dábamos la mano.

—————

El viento anda escondido

al fondo de algún valle

entre el marrón y el violeta.

La luz de la tarde a mediodía

suena al metal de las trompetas

a bombo y platillo por las calles.

Un silencio serena las montañas

que abrazan el paisaje.

Vamos, sal

que ya se han ido todos.

Ya no queda nadie.

Caracoles del desierto

Un agotado horror
contempla la estela de su marcha.

Las ruinas,
en un coro desencajado
de cientos de ojos grises y cuadrados
se lamentan inmóviles, amontonadas,
y sus cientos de bocas vacías,
se inundan de silencio
como la madrugada.
Suena un tiro no muy cerca.
Alguien muere.
Alguien mata.

Su viaje comienza
con el ocaso de la nube de azufre
que dejan tras de sí
sus pasos y esperanzas.

Vidas, ahora sin rastro de pasado.
Vidas sin memoria, sin voz.
Vidas polvorientas y descalzas
deshilachadas en caminos imposibles
aferradas al vacío, al vértigo de la nada
frente a los ojos de sus niños.

Rémoras de la desgracia
avanzan,
ignorando el escozor de sus llagas;
uniformados por el polvo y la mirada rota.

Arrastran sus raíces sobre la tierra seca
de un camino ignoto y cuesta arriba
en un éxodo de lágrimas sin vuelta.

Cuando el único rumbo es el miedo y la distancia,
entre laderas de yodo y taludes de humo;
eternas noches y días sin horas;
sobrevivir salvaje de dolor continuo.

 

Un compás de una sonata de Mozart
rompe el paisaje en la sonrisa de unos niños.

Llueve en el desierto.

En los páramos escarpados
alrededor de su hambre y de su miedo
los niños siempre juegan, y su juego
lo hace todo más patente y descarnado.

Hombres y mujeres vociferan
a ambos lados de una raya.

Nuestra conciencia vendada
en la mano fría de un soldado de frontera
cierra una valla.

Los niños siguen jugando.
los demás los miran
y callan.